La música a todo volumen para aturdir los pensamientos que van brotando en el fondo del cerebro a una velocidad brutal. Deseo no haber entrado nunca por tu puerta, pero lo hice y ya es tarde. Te auguro lo mejor te dije tanta veces. Te mentí y lo que es peor me mentí. Me duele tu sonrisa tan suave, tan verdadera tan falsa. Me duelen esas palabras tan dulces que pronuncias cada día al entrar por la puerta. Esas palabras que no son en nuestro idioma, que no puedo escuchar y que estoy segura ya no son para mí. Me duele que tu vida sigua, que mi vida sigua como si nunca hubiera entrado por esa puerta y tu detrás de mi. Tengo lo que me merezco quizá menos quizá más. No hay nada que yo pueda hacer nada que tu quieras hacer. Deseaba que esta historia tuviera un final feliz, pero no existen los finales felices, ninguna oración que incluya la palabra final puede terminar feliz. Final lo opuesto de feliz.
Me he preguntado tantas veces por qué nos encontramos, por qué miramos juntos al cielo a través de un cristal empañado por el humo. Cuál era el misterio ocultándose en medio de las cenas baratas, tu enseñándome tus cicatrices como trofeos de guerra, yo mostrándote las mías entre pudor y fantasías. Todo es nada, nada es, nada fue. Estoy aquí deseando otro cigarro, otro whiskey, otra canción, otra hora, otro minuto, otro sueño, otra ciudad, más amigos, menos palabras, más aire. Qué hubiera pasado si no hubiese atravesado esa puerta. Qué hubiera pasado si no hubiera viajado en el tiempo, si no te hubiera pagado la cerveza. Qué hubiera pasado si te hubiera pulverizado con la mirada y si te hubieses mordido la lengua. Se repite la historia, vuelvo a cruzar la puerta, vuelvo a perder. Pido calma, pero te seguiré buscando. Sabré lo que me espera y volveré a cruzar una puerta, quizá me despierte a tiempo y corra otra vez a refugiarme en mis oscuridad, mi humilde hogar, ese que he prometido no abandonar. Que desaparezcan las puertas, que se borre tu sonrisa, que se esfumen tus palabras, que regreses con el calor de Julio.