Tengo tanto sueño, pero al menos no pienso, bueno quizás ahora estoy pensando pero los pensamientos duelen menos. He dormido una eternidad sin pesadillas sin dulces sueños, sólo he dormido como tiene que ser. No me quería, nunca me quiero levantar. Ahora estoy aquí entre dormida y despierta, cansada pero ligera. Me quiero marchar, siempre me quiero marchar. Marcharme a cualquier parte a ningún lugar. Quiero dormir, marchar, no pensar. Pienso demasiado, en el pasado, en el futuro en los horrores que han de venir. Me pregunto y me he preguntado tantas veces de donde saco tantos pensamientos turbios, incoherentes. Le tengo miedo a tantas cosas y me paso días y días pensando y presintiendo mis peores miedos. Por qué me cuesta tanto disfrutar las cosas que son buenas o que aparentan ser buenas, por qué siempre tengo que ir moviéndome en el tiempo. Un día voy hacia atrás semanas, meses, años atrás.
Todo lo de mi pasado me parece perfecto, hermoso, el tiempo vivido “mis años felices.” Feliz una palabra tan rotunda, tan pesada y ambigua. Fui feliz es un cliché, una argucia de la memoria. Soy feliz, no lo sé, contrario a mi presente en mi pasado todo es cierto, real, palpable aunque ya no esté. El presente en cambio se me hace anodino, asfixiante. Otra veces me adelanto al tiempo o me quiero adelantar pienso en lo lejos que podría llegar, viajar acá o allá, un viaje a Nepal en los próximos años. Comprarme una casa en Madrid o apartamento en NY. Construyo una vida en el futuro y luego la destrozo con tragedias mezquinas, pienso en guerras que se están planeando en alguna biblioteca de arquitectura moderna, en huracanes, maremotos en un mundo sin Sol; pienso en todo esto y me asalta un dolor agudo en el estomago el futuro se llena de tinieblas, de dolor y soledad.
Vuelvo al presente y éste me vuelve a desconcertar. Me he puesto analizarlo delante del televisor, sí miro el televisor, pero no lo escucho. Jamás lo escucho. Un cantante de pop de los ochentas lanzaba un nuevo disco, de repente aparecía un tío en la pantalla con tremendo colocón haciendo muecas como un chimpancé y detrás de él un montón de señoras gritando como adolescentes. ¡Están locas! he gritado a la teli. De seguro que esas tías no veían al tipo real que estaba frente ellas, aquel adefesio que a apenas podía sostenerse en pie. No, no lo miraban a él, miraban al pasado, lo aquel tipo había sido y lo que ellas fueron alguna vez.¡Otra vez el pasado! El bienestar, la felicidad en el pasado no son más que un vulgar truco de la memoria,
La conclusión de mi “profundo” análisis mientras navegaba por mi habitual limbo nocturno es que la insatisfacción, me está jodiendo la vida. Es la insatisfacción la que me roba el presente. La insatisfacción que me deja exhausta con rabia, herida. ¿Insatisfecha por qué? Por qué me agobio tanto. Me gusta torturarme a mi misma, pero también he de decir que sin el miedo azotándome la espalda vivir se me hace menos intenso, menos natural. Sin miedo ni angustia no es posible escribir, no es posible ningún indicio de honestidad. Necesito temer para poder continuar, para disfrutar un poquito para no apegarme demasiado a cosas triviales, para apreciar lo que es real para desechar lo que es mezquino.