Tus brazos son mi refugio. Cuando se apagan las luces, mi cabeza roza tu pecho y exclamas tan sereno “Este es el mejor momento del día”. El café golpeando lentamente el fondo de las tazas y tu me cubres mientras me tumbo en el sofá. Te miro fijamente y tú de perfil te deleitas con cada sorbo mientras me acaricias los pies. ¡Ay mi refugio! Que bueno es tenerte aquí o mejor dicho que bien se siente estar aquí contigo, dentro de ti. Cada vez que pronuncias una palabra errónea con ese acento tan tuyo tan peculiar una risa imbécil me arde en el fondo de los pulmones y brota de mis labios como la más grande oración. Clamo a ti. Tú tan ajeno al mundo, tan torpe y seguro en cada movimiento, con el color de las manzanas jugosas en tus mejillas. Me has dado tanto y no haz pedido nada a cambio. A veces pienso que tu alma ya es inmune a mis mezquindades.
Eres donde duermen mis más dulces sueños y reposan las pocas virtudes que poseo. Algún día quiero verme reflejada sin culpas en tus ojos, esos ojos de minino recién nacido tan ágil y desvalido. Venero tus manos que son de pan fresco con olor a fresas, pero tú alma es la que me llama y la que tantas veces me atormenta. Esa alma que mil veces mil puede perdonarme y olvidar. Es que tu alma no tiene memoria, tu alma de caramelo rociada con gotitas de ron añejo esa que a mi favor siempre olvida que en una fracción de segundo puede destrozarla mi implacable ira .Como una niña perdida vuelvo del infierno en que me gusta perderme para dormir a tu sombra. Tú mi refugio con tu alma hecha pedazos me recoges entre tus brazos y me regalas el sueño, me borras los miedos. Tantas veces te olvidas de tu alma para decirme “Buenas noches, cariño te quiero”.