Una idea me rondaba la cabeza y se me acaba de escapar. Era algo que te tenía que contar, pero se ha ido, ha volado. A veces hay ideas que me sorprenden en medio de las tareas más absurdas. Organizaba folios en un estante y tal vez pensaba en no pensar. Ya está, pensaba en no pensar y se me olvidó en qué pensaba.
Sí, pensaba en que hay tareas inútiles por su contenido, pero no por su acción. Organizar folios empolvados en un estante a punto de caer no es útil, no es substancial, pero ayuda a no pensar. Folio tras folio, polvo sobre polvo y la mente se vacía. Pura monotonía y limpia monotonía.
No pensar en la vida que se escapa, que es valiosa pero llena de momentos vacíos, lúgubres, insensatos. No pensar que no nos importa la mayoría de aquellos que a nuestro alrededor pululan. No pensar que cada minuto morimos un poco mientras apilamos folios olvidados. Folios que representan cada segundo de nuestra existencia desperdiciada. No pensar que el tiempo merma nuestra estima y nos revela una realidad aterradora.
No pensar en tiempos llenos de sol, de esperanza. No pensar en el gas, el calentamiento global, el hambre en África. Que puede importar el futuro si ya no estaremos. No estaremos y por qué pensar en cambiarlo si ya sabemos nuestra suerte. Es patético e inevitable el final y si ya lo sabemos no hay que pensar. Se me acabaron los folios y vuelvo a pensar. Me despido de ti y me voy al archivo en busca de más folios que apilar. No pensar, mejor no pensar.