Y me dejo llevar por la histeria global por entretenimiento, por desidia quizá, tal vez por la inevitable inercia. ¿Y por qué no dejarme llevar? Tal vez necesite olvidar, quizá por unos minutos es posible apartar a un lado la miseria "individual". Tanto correr a ciegas, tanto gritar para perder la voz, tanto luchar para luego caer vencidos. Lo hemos intentado, hemos huido, pero no hemos escapado. Hemos errado el rumbo, retrasado el viaje, pero el final, nuestro irremediable destino, el final, nos espera con los brazos abiertos. Se acaba el mundo, perdimos el rumbo. Se acaban los sueños. Esos sueños en los que viajábamos a un universo de golosinas, con conejos azules y unicornios voladores, donde existían princesas, caballeros, duendes felices y castillos encantados y príncipes enamorados dispuestos a dar el alma por un beso de su amada, pero se acabaron los sueños porque todo se acaba, porque hoy todo ya es nada.
Ya no existen los príncipes ni las princesas hoy sólo queda la certeza que todo esa historia siempre fue un terreno habitado por la nada. Se acabaron la historia real y la inventada, los cuentos de la abuela, los juegos en la escuela, los sándwich de jamón, los caramelos de ilusión, los viajes a la luna, las galletas de la fortuna, las estrellas sobre el tejado, el amor mil veces difamado. ¿Y por qué Dios? ¿Dónde estás Dios? Te busco Dios y no te encuentro Dios, te encuentro Dios y huyo de ti Dios. Y si todo se acaba, el azul, el calor, el frío, lo oscuro, lo blanco, la risa, la paz, el mar, las ganas de llegar, la lluvia, el verde, el fuego, los anhelos, la belleza, la magia, la prisa, la vida, la tristeza, lo que hoy sueño y antes soñaba por qué si todo se acaba, siguen lloviendo sobre mi tantas gotas saladas, por qué las lágrimas no tienen fin, por qué ellas nunca se acaban.