Debería haber luz, pero no la hay.
El cielo oscuro infrige respeto.
Los árboles tan negros tan desnudos parecen monstruos al acecho.
Una obra de arte, tan solos, tan fuertes, tan vencidos.
Desde el final de la calle puedo verlos parecen un ejercito erguido,
esperando para atacar y a la vez tan tristes y desvalidos.
Hace tanto frío y llueve tan lento.
El tipo de lluvia que despierta el desprecio.
Prefiero la tempestad, la lluvia que barre las calles,
que inunda los sótanos.
Me gustan esas gotas que caen tan fuertes,
que te pueden abrir la piel en tajo.
Me gusta la lluvia en el Caribe.
Llueve mucho en esta ciudad en este continente,
a veces una lluvia indecisa casi ausente.
La lluvia no es tan hermosa, pero tiene su encanto el invierno.
El frío inhóspito que abraza la vida, que la acaricia dormida,
que la besa en el cuello.
Y aquí estamos todos, los árboles, la calle, los perros y yo.
Todos a merced del invierno a merced de la vida.
Esperando que amaine que se cierre una herida.